Al otro lado de la pantalla…

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Al otro lado de la pantalla jugamos a importarnos. Pero no queremos vernos, ni escucharnos. Solo deseamos leernos a ratos, por dosis, con mesura.

Se trabaja y se vive para eso: para ese no- verse casual, para ese no-encontrarse inesperado, para ese no-estar en el momento más desesperado. Se evita compartir cualquier cosa que implique un verse a los ojos o abrazarse necesitados. El objetivo es (des)conocerse hasta que no haya nada novedoso que intercambiar. La Pantalla lo es todo, y lo que no puede darte la Pantalla quedará en el inventario de las cosas irrelevantes.

Desde este lado de la pantalla veo el futuro y leo el Ocaso. Un universo frío, inalámbrico y estridente, se erige entre distancias que maquillan la carencia, y confunden la accesibilidad con el nombre de “cercanía”. Ha muerto la intimidad, y tras esta ausencia la compasión declina. La “gran promesa” es que no hace falta sufrir un contacto, si puedes estar conectado.

Una vez dentro de la burbuja, se acomodan en sus asientos, fijan dos auriculares, y escriben a medida que hablan al compás de un ritmo hastiado. Solo les importa adueñarse de la exclusividad, y ser amos de la primicia. No hay tiempo para amarse. El encuentro es una práctica anticuada. Ahora se trata de estar disponibles a cada instante, a cada hora, pero sin roces ni temblores. Sin piel, ni cuerpo. Y tampoco puede decirse que se tenga la palabra, sino balbuceos estilizados y bien decorados. Se posee algo indefinido y gris. Un anhelo de ser invisibles, pero omniscientes. Se posee una cosa opresiva e intrascendente. Obsesionados por estar conectados entre sí, se olvida lo esencial que puede llegar a ser el tacto. El mínimo milímetro de piel ya no añora el espasmo ante una caricia, porque ya no hay manos dispuestas a tocar cuando pueden teclear. Ya no hay besos que sacudan la modorra. Porque todos se han ganado la Pantalla. Han trabajado duro por obtener la Pantalla, en todos sus formatos y ediciones portátiles, para nunca quedarse solos. Aunque vivan eternamente solitarios.

Hiperreales pero anacrónicos, algunos pocos dolientes serán los últimos testigos. Por su parte, exiliado de las pantallas y limitado por corazones manufacturados y verbos idiotas, el amor ha de ser el último mal amado sobreviviente de un mundo que apenas lo extraña. G.L.

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